Don Álvaro sintió un profundo y tiernísimo agradecimiento. ¡Le daban una fe en sí mismo aquellas palabras!
No quería saber más: o mejor, comprendió que nada positivo podía añadir Visita.
Vio en el rostro de aquella mujer una amargura que revelaban ciertos músculos, mientras otros luchaban por borrar aquel gesto. Su voz temblaba un poco. Daba lástima. A lo menos la sintió Mesía.
—Deja eso—dijo, acercándose a su amiga—. No hablemos de otros; hablemos de nosotros. Estás guapísima....
—¿Ahora... con esas? (Parecía que hablaba con lengua metálica.)
—Tontina... si tú no fueras tan desconfiada....
—¿Qué novedades son estas?—preguntaron los labios y la lengua de placas de acero.
—Novedades... ¿las llamas novedades... ingrata?
Don Álvaro acercó su rostro al de la dama golosa. Nadie pasaba por la calle. Era de las más desiertas; crecía yerba entre las piedras. Aquel silencio era el que llamaba solemne y aristocrático don Saturnino.
Los que estaban detrás, Obdulia y Paco, no veían; don Álvaro estaba seguro. Se aproximó más a Visita.