Todo esto pensó en un momento, irritado, con vehemente deseo de salir de dudas y vacilaciones. Pero nada le salió al rostro. Saludó con su aire grave, con aquel aire de gentleman que tanto le envidiaba Trabuco, su admirador y mortal enemigo.
—¿Has confesado?—Sí, ahora mismo.
—¿Con el Magistral, por supuesto?
—Sí, con él.—¿Qué tal? ¿Excelente, verdad? ¿Qué te decía yo? ¿No subes?
—No, ahora no puedo. Obdulia oyó la voz de Ana y corrió al balcón, sin cuidarse de reparar el desorden de su traje y peinado.
—¡Ana, sube, anda, tonta!—gritó la viuda mientras devoraba a la Regenta con los ojos de pies a cabeza.
Para Obdulia las demás mujeres no tenían más valor que el de un maniquí de colgar vestidos; para trapos ellas; para todo lo demás, los hombres.
Ana se excusó otra vez; tenía que hacer. Saludó con graciosa sonrisa y siguió adelante. Un momento se habían encontrado sus ojos con los de Mesía, pero no se habían turbado ni escondido como otras veces; le habían mirado distraídos, sin que ella procurase evitar el contacto de aquellas pupilas cargadas de lascivia y de amor propio irritado, confundido con el deseo.
Todos callaban en el balcón mientras la Regenta se alejaba y desaparecía por la calle desierta. Todos la siguieron con la mirada hasta que dobló la esquina. Obdulia dijo, queriendo afectar un tono algo desdeñoso:
—Va muy sencilla. Y se volvió al gabinete.—¡Cómetela!...—gritó al oído de Álvaro Visita con voz en que asomaba un poco de burla. Y añadió muy seria: