El más pequeño lamía el cristal con éxtasis delicioso, con los ojos cerrados.
—Esa se llama pitisa—dijo uno en tono dogmático.
—¡Ay qué farol!; si eso es un pionono, si sabré yo....
También aquella escena enterneció a la Regenta. Siempre sentía apretada la garganta y lágrimas en los ojos cuando veía a los niños pobres admirar los dulces o los juguetes de los escaparates. No eran para ellos; esto le parecía la más terrible crueldad de la injusticia. Pero, además, ahora aquellos granujas discutiendo el nombre de lo que no habían de comer, se le antojaban compañeros de desgracia, hermanitos suyos, sin saber por qué. Quiso llegar pronto a casa. Aquel enternecerse por todo la asustaba. «Temía el ataque, estaba muy nerviosa».
—Corre, Petra, corre—dijo con voz muy débil.
—Espere usted, señora... allí... parece que nos hacen seña... sí, a nosotras es. Ah, son ellos, sí...—¿Quién?—El señorito Paco y don Álvaro.
Petra notó que su ama temblaba un poco y palidecía.
—¿Dónde están? A ver si podemos, antes que....
Ya no podían escapar. Don Álvaro y Paco estaban delante de ellas. El Marquesito las detuvo haciendo una cortesía exagerada, que era una de sus maneras de hacer esprit, como decía ya el mismo Ronzal. Mesía saludó muy formalmente.
De la confitería nueva salían chorros de gas que deslumbraban a los vetustenses, no acostumbrados a tales despilfarros de gas. Don Álvaro veía a la Regenta envuelta en aquella claridad de batería de teatro y notó en la primer mirada que no era ya la mujer distraída de aquella tarde. Sin saber por qué, le había desanimado la mirada plácida, franca, tranquila de poco antes, y sin mayor fundamento, la de ahora, tímida, rápida, miedosa, le pareció una esperanza más, la sumisión de Ana, el triunfo. «No sería tanto, pero él se alegraba de verse animado. Sin fe en sí mismo no daría un paso. Y había que dar muchos y pronto».