—Eso creo yo—solía afirmar Ronzal—la mujer es así urbicesorbi (en todas partes, en el latín de Trabuco.)
Además, don Álvaro era profundamente materialista y esto no lo confesaba a nadie. Como en él lo principal era el político, transigía con la religión de los mayores de Paco y se reía de la separación de la Iglesia y el Estado. Es más, le parecía de mal tono llevar la contraria a los católicos de buena fe. En París había aprendido ya en 1867, cuando fue a la exposición, que lo chic era el creer como el carbonero. Sport y catolicismo, esta era la moda que continuaba imperando. Pero es claro que lo de creer era decir que se creía. Él no tenía fe alguna, «ni bendita la falta», a no ser cuando le entraba el miedo de la muerte. Cuando caía enfermo y se encontraba en la fonda solo, abandonado de todo cariño verdadero, entonces sentía sinceramente, a pesar de haber corrido tanto, no ser un cristiano sincero. Pero sanaba y decía: «¡Bah! todo eso es efecto de la debilidad». Sin embargo, bueno era ilustrarse, fundar en algo aquel materialismo que tan bien casaba con sus demás ideas respecto del mundo y la manera de explotarlo. Había pedido a un amigo libros que le probasen el materialismo en pocas palabras. Empezó por aprender que ya no había tal metafísica, idea que le pareció excelente, porque evitaba muchos rompecabezas. Leyó Fuerza y materia de Buchner y algunos libros de Flammarion, pero estos le disgustaron; hablaban mal de la Iglesia y bien del cielo, de Dios, del alma... y precisamente él quería todo lo contrario. Flammarion no era chic. También leyó a Moleschott y a Virchov y a Vogt traducidos, cubiertos con papel de color de azafrán. No entendió mucho pero se iba al grano: todo era masa gris; corriente, lo que él quería. Lo principal era que no hubiese infierno. También leyó en francés el poema de Lucrecio De rerum natura: llegó hasta la mitad. Decía bien el poeta, pero aquello era muy largo. Ya no veía más que átomos, y su buena figura era un feliz conjunto de moléculas en forma de gancho para prender a todas las mujeres bonitas que se le pusieran delante. Así estaba por dentro Mesía en punto a creencias, pero a estos subterráneos no había llegado el mismo Paco, que era buen católico, según Mesía. Aquello era para él solo, mientras estaba en Vetusta. En sus viajes a París sacaba el fondo del baúl y el fondo del materialismo. A sus queridas, cuando no eran demasiado beatas y estaban muy enamoradas, procuraba imbuirlas en sus ideas acerca del átomo y la fuerza. El materialismo de Mesía era fácil de entender. Lo explicaba en dos conferencias. Cuando la mujer se convencía de que no había metafísica, le iba mucho mejor a don Álvaro. Al recordar una hembra de las convertidas al epicureísmo solía decir don Álvaro con una llama en los ojos muy abiertos:
—«¡Qué mujer aquella!».—Y suspiraba. Aquella mujer nunca había sido una vetustense. Las vetustenses tampoco creían en la metafísica, no sabían de ella, pero no pasaban por ciertas cosas.
Don Álvaro iba al lado de Ana convencido de que su presencia bastaba para producir efectos deletéreos en aquella virtud en que él mismo creía. Las palabras eran por entonces, y sin perjuicio, lo de menos. Él también solía hablar con elocuencia, al alma ¡vaya! pero en otras circunstancias; más adelante.
Paco iba detrás sin desdeñar la conversación de Petra, que se mirlaba hablando con el Marquesito. En materia de amor la criada no creía en las clases y concebía muy bien que un noble se encaprichara y se casase con ella verbigracia. No decía que don Paquito estuviera en tal caso, ni mucho menos; pero le alababa el pelo de oro y la blancura del cutis, y por algo se empieza.
—Debe de aburrirse usted mucho en Vetusta, Ana—decía don Álvaro.
Buscaba en vano manera natural de llevar la conversación a un punto por lo menos análogo al que pensaba tratar muy por largo, llegada la ocasión oportuna.
—Sí, a veces me aburro. ¡Llueve tanto!
—Y aunque no llueva. Usted no va a ninguna parte.
—Será que usted no se fija en mí; bastante salgo.