Su mano había tocado un objeto frío, metálico, que había cedido a la opresión, y en seguida oyó un chasquido y sintió dos golpes simultáneos en el brazo, que quedó preso entre unas tenazas inflexibles que oprimían la carne con fuerza. Con toda la que le dio el miedo sacudió el brazo para librarse de aquella prisión, mientras seguía gritando:

—¡Petra! ¡luz! ¿quién está aquí?

Las tenazas no soltaron la presa; siguieron su movimiento y Ana sintió un peso, y oyó el estrépito de cristales que se quebraban en el pavimento al caer en compañía de otros objetos, resonantes al chocar con el piso. No se atrevía a coger con la otra mano las tenazas que la oprimían, y no se libraba de ellas aunque seguía sacudiendo el brazo. Buscó la puerta, tropezó mil veces; ya sin tino, todo lo echaba a tierra; sonaba sin cesar el ruido de algo que se quebraba o rodaba con estrépito por el suelo. Llegó Petra con luz.

—¡Señora!, ¡señora! ¿qué es esto? ¡Ladrones!—¡No, calla! Ven acá, quítame esto que me oprime como unas tenazas.

Ana estaba roja de vergüenza y de ira. Sentía una indignación tan grande como la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo.

Petra intentó arrancar el brazo de su ama de aquella trampa en que había caído.

Era una máquina que, según Frígilis y Quintanar, sus inventores, serviría para coger zorros en los gallineros en cuanto acabasen ellos de vencer cierta dificultad de mecánica que retardaba la aplicación del artefacto.

Era necesario que el hocico del animal tocase en un punto determinado; si tocaba, inmediatamente caía sobre su cabeza una barra metálica y otra idéntica le sujetaba por debajo de la quijada inferior. La fuerza del resorte no era suficiente para matar al ladrón de corral, pero sí para detenerlo, merced a ciertos ganchos incruentos sabiamente preparados. Ni Frígilis ni Quintanar querían sangre; no pretendían más que tener bien sujeto al delincuente cogido infraganti. Si estos inventores no hubieran sabido armonizar los intereses de la industria con los estatutos de la sociedad protectora de animales, lo hubiera pasado mal aquella noche la Regenta. Por fortuna, Quintanar era correccionalista; quería la enmienda del culpable, pero no su destrucción. Los zorros que él cazara sobrevivirían. No faltaba para que la máquina fuese perfecta, más que esto: que los ladrones de gallinas viniesen a tropezar con el botón del resorte endiablado, como había tropezado aquella señora.

Ni Petra ni su ama conocían el uso de aquel artefacto que tuvieron que destrozar—y buenos sudores les costó—para separarlo del brazo que magullaba. Petra contenía la risa a duras penas. Se contentó con decir:

—¡Qué estropicio!—apuntando a los pedazos de loza, cristal, y otras materias incalificables que yacían sobre el piso.