—Madre, es usted injusta.—Fermo, yo bien sé lo que me digo. Tú... eres demasiado bueno. Te endiosas y no ves ni entiendes.
Doña Paula creía que endiosarse valía tanto como elevar el pensamiento a las regiones celestes.—El Arcediano y don Custodio—prosiguió—hicieron anoche comidilla de la confesata en la tertulia de doña Visitación, esa tarasca; sí señor, comidilla de la confesata de la otra; y si había durado dos horas o no había durado dos horas....
El Magistral se santiguó y dijo:
—¿Ya murmuran? ¡Infames!
—Sí, ¡ya! ¡ya! y por eso hablo yo: porque estas cosas, en tiempo. ¿Te acuerdas de la Brigadiera? ¿Te acuerdas de lo que me dio que hacer aquella miserable calumnia por ser tú noble y confiadote?... Fermo, te lo he dicho mil veces; no basta la virtud, es necesario saber aparentarla.
—Yo desprecio la calumnia, madre.—Yo no, hijo.—¿No ve usted cómo a pesar de sus dicharachos yo los piso a todos?
—Sí, hasta ahora; pero ¿quién responde? Tantas veces va el cántaro a la fuente.... Don Fortunato es una malva, corriente; no es un Obispo, es un borrego, pero....
—¡Le tengo en un puño!—Ya lo sé, y yo en otro; pero ya sabes que es ciego cuando se empeña en una cosa; y si Su Ilustrísima polichinela da otra vez en la manía de que pueden decir verdad los que te calumnian, estás perdido.
—Don Fortunato no se mueve sin orden mía.
—No te fíes, es porque te cree infalible; pero el día que le hagan ver tus escándalos....