Mientras tales pensamientos le atormentaban y consolaban sucesivamente, iba el Magistral por las aceras estrechas y gastadas de las calles tortuosas y poco concurridas de la Encimada; iba con las mejillas encendidas, los ojos humildes, la cabeza un poco torcida, según costumbre, recto el airoso cuerpo, majestuoso y rítmico el paso, flotante el ampuloso manteo, sin la sombra de una mancha.
Contestaba a los saludos como si tuviese el alma puesta en ellos, doblando la cintura y destocándose como si pasara un rey; y a veces ni veía al que saludaba.
Este fingimiento era en él segunda naturaleza. Tenía el don de estar hablando con mucho pulso mientras pensaba en otra cosa.
Doña Paula había vuelto a entrar en el despacho de su hijo. Registró la alcoba. Vio la cama levantada, tiesa, muda, fresca, sin un pliegue; salió de la alcoba; en el despacho reparó el sofá de reps azul, las butacas, las correctas filas de libros amontonados sobre sillas y tablas por todas partes; se fijó en el orden de la mesa, en el del sillón, en el de las sillas. Parecía olfatear con los ojos. Llamó a Teresina; le preguntó cualquier cosa, haciendo en su rostro excavaciones con la mirada, como quien anda a minas; se metió por los pliegues del traje, correcto, como el orden de las sillas, de los libros, de todo. La hizo hablar para apreciar el tono de la voz, como el timbre de una moneda. La despidió.
—Oye...—volvió a decir—. Nada, vete.
Se encogió de hombros.—«Es imposible—dijo entre dientes—; no hay manera de averiguar nada».
Y, saliendo del despacho, dijo todavía:
—«¡Qué capricho de hombres!».
Y subiendo la escalera del segundo piso, añadió:
—«¡Es como todos, como todos; siempre fuera!».