—¿Cómo al hoyo?—O al convento, llámelo usted hache.

—Pero el convento no es la muerte; como usted comprende, yo no puedo opinar en este punto....

—Sí, sí, comprendo y usted dispense. Pero en fin, ya que existen conventos, señor, que los construyan en condiciones higiénicas. Si yo fuera gobierno, cerraba todos los que no estuvieran reconocidos por la ciencia. La higiene pública prescribe....

El señor Somoza expuso latamente varias vulgaridades relativas a la renovación del aire, a la calefacción, aeroterapia y demás asuntos de folletín semicientífico. Después volvió a la desgracia de aquella casa.

—¡Cuatro hijas y dos ya monjas! Esto es absurdo.

—No, señor; absurdo no, porque son ellas las que libremente escogen....

—¡Libremente! ¡libremente! Ríase usted, señor Magistral, ríase usted, que es una persona tan ilustrada, de esa pretendida libertad. ¿Cabe libertad donde no hay elección? ¿Cabe elección donde no se conoce más que uno de los términos en que ha de consistir?

Don Robustiano hablaba casi como un filósofo cuando se acaloraba.

—Si a mí no se me engaña—continuó—; si yo conozco bien esta comedia. ¿No ve usted, señor mío, que yo las he visto nacer a todas ellas, que las he visto crecer, que he seguido paso a paso todas las vicisitudes de su existencia? Verá usted el sistema.

Don Robustiano se sentó, y prosiguió diciendo: