No se atrevía a llamarla su hija. La creía de Dios, sólo de Dios.
Después se habló de otra cosa. Aunque no se había tratado nunca directamente del asunto, se había convenido, por un acuerdo tácito, que las dos niñas últimas no serían monjas, a no haber en ellas una vocación superior a toda resistencia prudente y moderada. Este implícito convenio era una imposición de la conciencia, o del miedo a la opinión del mundo. La mayor de aquellas dos niñas tenía un pretendiente. El Magistral venía a desahuciarlo. «Era un impío».
—¿Un impío Ronzal? ¡Su amigo de usted!—se atrevió a decir Carraspique.
—Sí; don Francisco, mi amigo; pero lo primero es lo primero. Yo sacrifico al amigo tratándose de la felicidad de su hija de ustedes.
Una lágrima de las pocas que tenía rodó por el rostro de la señora de la casa. Más estético y más simétrico hubiera sido que las lágrimas fueran dos; pero no fue más que una; la del otro ojo debió de brotar tan pequeña, que la sequedad de aquellos párpados, siempre enjutos, la tragó antes que asomara.
La lágrima era de agradecimiento. «El Magistral les sacrificaba el nombre y hasta la conveniencia de un amigo, de un gran amigo, de un defensor, de un partidario suyo, de todo un Ronzal el diputado. Bien hacía ella en entregar las llaves del corazón y de la conciencia a tal hombre, a aquel santo, pensaría mejor».
Ronzal, alias Trabuco, aspiraba a la mano de una Carraspique, fuere cual fuere, porque su presupuesto de gastos aumentaba y el de ingresos disminuía; y don Francisco de Asís era un millonario que educaba muy bien a sus hijas. Pero el Magistral tenía otros proyectos.
—¿Un impío Ronzal?—preguntó asustado Carraspique.
—Sí, un impío... relativamente. No basta que la religión esté en los labios, no basta que se respete a la Iglesia y hasta se la proteja; en la política y en el trato social es necesario contentarse con eso muchas veces, en los tiempos tristes que alcanzamos, pero eso es otra cosa. Ronzal, comparado con otros... con Mesía, por ejemplo, es un buen cristiano; aun el mismo Mesía, que al cabo no se ha separado de la Iglesia, es católico, religioso... comparado con don Pompeyo Guimarán el ateo. Pero ni Mesía, ni Ronzal son hombres de fe y menos de piedad suficiente.... ¿Daría usted una hija a don Álvaro?
—¡Antes muerta!—Pues Ronzal, aunque se llama conservador y quiere la unidad católica y otros principios que contiene nuestra política, no es buen cristiano, no lo es como se necesita que lo sea el marido de una Carraspique.