—¡Oh, señor Magistral!—¡Oh cuánto bueno!—Aquí está el Antonelli de Vetusta.
El Marqués le dio un abrazo que envidió un cura pequeño, paniaguado de la casa.
Ripamilán estrechó la mano de don Fermín con cariño efusivo; y juntos pasaron al gabinete.
Los tres canónigos se levantaron; la señora que parecía un fraile sonrió satisfecha y murmuró:
—¡Ah, señor Provisor!...
—Gracias a Dios, señor perdido...—gritó la Marquesa incorporándose un poco y alargando una mano, que desde lejos, y gracias a su buena estatura, pudo estrechar el Magistral con gallardía, haciendo un arco sobre el cuerpo gentil, color cereza, de Obdulia, que desde allá abajo parecía querer tragar al buen mozo en los abismos de los grandes ojos negros.—El Arcediano se quedó con el abanico abierto, inmóvil, como aspa de molino sin aire. Comprendió de repente que acababa de ser desbancado; de papel principal se convertía en partiquino. En efecto, su discurso, que escuchaban con deleite curas y damas, se ahogó sin que nadie lo echase de menos. Glocester se sintió eclipsado de tal modo, que hasta creyó tener frío, como si de pronto se hubiera escondido el sol.
«Siempre sucedía lo mismo; había motivo para aborrecer a aquel hombre». Sin embargo, Mourelo, a fuer de canónigo de mundo, ocultó una vez más sus sentimientos y tendió la mano a su enemigo, acompañando la acción con una catarata de gritos guturales con que significaba su inmensa alegría.
—¡Hola, hola, hola!...—y daba palmaditas en el hombro al otro.
El Magistral no pudo saborear tranquilamente aquel triunfo vulgar, ordinario, porque sin querer pensaba en el grupo de la ventana del comedor. Mientras respondía con modestia y discreción a todos aquellos amigos, su imaginación estaba fuera.
Pasaban minutos y minutos y los del comedor no venían.