—¡Vamos! ¡amigo mío!... se lo suplico yo... acompáñeme al Vivero... sea amable... por caridad....

El Magistral no menos dulce, suave y pegajoso, recibía con placer aquel incienso, detrás del cual habría tantas talegas.

—Señora... con mil amores... si pudiera... pero... tengo que hacer, a las siete he de estar....

—Oh, no, no valen disculpas.... Ayúdeme usted, Marquesa, ayúdeme usted a convencer a este pícaro.

La Marquesa ayudó, pero fue inútil. Don Fermín se había propuesto no ir al Vivero aquella tarde; comprendía que eran allí todos íntimos de la casa menos él; ya había aceptado el convite porque... no había podido menos, por una debilidad, y no quería más debilidades. ¿Qué iba a hacer él en aquella excursión? Sabía que al Vivero iban todos aquellos locos, Visitación, Obdulia, Paco, Mesía, a divertirse con demasiada libertad, a imitar muy a lo vivo los juegos infantiles. Ripamilán se lo había dicho varias veces. Ripamilán iba sin escrúpulo, pero ya se sabía que el Arcipreste era como era; él, De Pas, no debía presenciar aquellas escenas, que sin ser precisamente escandalosas... no eran para vistas por un canónigo formal. No, no había que prodigarse; siempre había sabido mantenerse en el difícil equilibrio de sacerdote sociable sin degenerar en mundano; sabía conservar su buena fama. La excesiva confianza, el trato sobrado familiar dañaría a su prestigio; no iría al Vivero. Y buenas ganas se le pasaban, eso sí; porque aquel señor Mesía se había vuelto a pegar a las faldas de la Regenta, y ya empezaba don Fermín a sospechar si tendría propósitos non sanctos el célebre don Juan de Vetusta.

La Marquesa, sin malicia, como ella hacía las cosas, llamó a su lado a Anita para decirla:

—Ven acá, ven acá, a ver si a ti te hace más caso que a nosotras este señor displicente.

—¿De qué se trata?—De don Fermín que no quiere venir al Vivero.

El don Fermín, que ya tenía las mejillas algo encendidas por culpa de las libaciones más frecuentes que de costumbre, se puso como una cereza cuando vio a la Regenta mirarle cara a cara y decir con verdadera pena:

—Oh, por Dios, no sea usted así, mire que nos da a todos un disgusto; acompáñenos usted, señor Magistral....