—Doña Ana callaba. Doña Visita estaba incomodada porque la señora Regenta había querido venir sin mandar antes un recado. Creo que fueron a paseo, porque doña Visita dijo no sé qué del Espolón.

—¡Al Espolón!—gritó Ripamilán, cogiendo con una mano un brazo del Magistral y con la otra la teja—. ¡Al Espolón!

—¡Pero don Cayetano!—Es cuestión de honra para mí; de ese desaire tengo yo culpa en cierto modo.

—Pero si no fue desaire—repetía el Provisor dejándose llevar, y con el rostro hermoseado por una especie de luz espiritual de alegría que lo inundaba.

—Sí, señor; y de todos modos, desaire o no, yo quiero dar una explicación a mi querida amiga.... ¡Al Espolón! Por el camino hablaremos; quiero que V. conozca bien a esa mujer, psicológicamente, como dicen los pedantes de ahora; es una gran mujer, un ángel de bondad como le tengo dicho; un ángel que no merece un feo.

—Pero, si no hubo feo.... Yo le explicaré a V.... Yo no sabía....

Y hablaban en voz baja, porque ya iban andando por la nave Sur de la catedral, dirigiéndose a la puerta. La última capilla de este lado era la de Santa Clementina. Era grande, construida siglos después que las otras capillas, en el diez y siete. Tenía cuatro altares en el centro; las paredes estaban adornadas con profusión de hojarasca, arabescos y otros cosméticos del género decadente a que pertenecía.

El Magistral y el Arcipreste oyeron voces dentro de la capilla. De Pas no paró la atención en ellas, pero Ripamilán se detuvo, olfateando, y tendió el cuello en actitud de escuchar.

—¡Así Dios me valga, son ellos!—dijo pasmado.

—¿Quién?—Ellos; la viudita y don Saturno; reconozco el chirrido de ese grillo destemplado.