La Marquesa, doña Petronila, la Regenta y Ripamilán subieron a la carretela descubierta; carruaje de lujo que había sido excelente pero que estaba anticuado y torpe de movimientos. El tronco de caballos negros era digno del rey. Los demás se acomodaron en un coche antiguo de viaje, sólido, pero de mala facha, tirado por cuatro caballos; era el que servía ordinariamente al Marqués en sus excursiones por la provincia, para llevar y traer electores unas veces y otras para cazar acaso en terreno vedado. ¡Se decían tantas cosas del coche de camino! Su figura se aproximaba a las sillas de posta antiguas, que todavía hacen el servicio del correo en Madrid desde la Central a las Estaciones. Lo llamaban la Góndola y el Familiar y con otros apodos.

Al Magistral se le hizo un poco de sitio, entre Ripamilán y Anita, con palabra solemne de dejarle en el Espolón, donde él tenía que buscar a cierta persona. (No había tal cosa, era un pretexto para cumplir su propósito de no ir al Vivero.)

—Le secuestramos—había dicho Obdulia....

—Sí, sí, secuestrarlo, es lo mejor: no se le dejará apearse—añadió doña Petronila.

—No; protesto... entonces no subo. Subió; y la carretela salió arrancando chispas de los guijarros puntiagudos por las calles estrechas de la Encimada. Detrás iba la Góndola, atronando al vecindario con horrísono estrépito de cascabeles, latigazos, cristales saltarines, y voces y carcajadas que sonaban dentro.

Todavía calentaba el sol y las damas de la carretela improvisaron con las sombrillas un toldo de colores que también cobijaba al Magistral y al Arcipreste. Ripamilán, casi oculto entre las faldas de doña Petronila, a quien llevaba enfrente, iba en sus glorias; no por su contacto con el Gran Constantino, sino por ir entre damas, bajo sombrillas, oliendo perfumes femeniles, y sintiendo el aliento de los abanicos; ¡salir al campo con señoras! ¡la bucólica cortesana, o poco menos! El bello ideal del poeta setentón, del eterno amador platónico de Filis y Amarilis con corpiño de seda, se estaba cumpliendo.

El Magistral iba un poco avergonzado: le pesaba, por un lado—y por otro no—la casualidad, o lo que fuera, de ir tocando con Ana. Tocando apenas, por supuesto; ni ella ni él se movían. Él estaba turbado, ella no; iba satisfecha a su lado; seguía figurándoselo como un escudo bien labrado y fuerte. Ella le quitaba el sol, y él la defendía de don Álvaro. «Si este señor viniera al Vivero... no se atrevería el otro tal vez a acercarse... y si no... va... se va a atrever... claro, como allí cada cual corre por su lado, y Víctor es capaz de irse con Paco y Edelmira a hacer el tonto, el chiquillo.... No, pues lo que es que le temo no quiero que lo conozca; de modo que si se acerca... no huiré. ¡Si este quisiera venir!...».

—Don Fermín—le dijo, cerca ya del Espolón, con voz humilde, con el respeto dulce y sosegado con que le hablaba siempre—. Don Fermín ¿por qué no viene usted con nosotros? Poco más de una hora... creo que volveremos hoy más pronto... ¡venga usted... venga usted!

De Pas sentía unas dulcísimas cosquillas por todo el cuerpo al oír a la Regenta; y sin pensarlo se inclinaba hacia ella, como si fuera un imán. Afortunadamente las otras damas y el Arcipreste iban muy enfrascados en una agradable conversación que tenía por objeto despellejar a la pobre Obdulia. Ripamilán citaba, como solía en tal materia, al Obispo de Nauplia, la fonda de Madrid, los vestidos de la prima cortesana, etc., etc. No cabe negar que la resolución del Magistral estuvo a punto de quebrantarse, pero le pareció indigno de él mostrar tan poca voluntad y temió además lo que podía suceder en el Vivero. Él no podía hacer el cadete; si don Álvaro quería buscar el desquite de la derrota del columpio y le desafiaba en otra cualquier clase de ejercicio, él, con su manteo y su sotana, y su canonjía a cuestas, estaba muy expuesto a ponerse en ridículo. No, no iría. Y sintió al afirmarse en su propósito una voluptuosidad intensa, profunda: era el orgullo satisfecho. Bien sabía él la fuerza que tenía que emplear para resistir la tentación que salía de aquellos labios más seductores cuanto menos maliciosos; por lo mismo apreció más la propia energía, el temple de su alma, que «indudablemente había venido al mundo para empresas más altas que luchar con obscuros vetustenses».

Volvió los ojos blandos a su amiga y poniendo en la voz un tono de cariñosa confianza, nuevo, algo parecido, según notó la Regenta, al que había usado Mesía aquella tarde en el balcón del comedor, contestó el Magistral muy quedo: