La digna esposa de Infanzón también estaba cansada, aburrida, despeada, pero no aturdida. Hacía más de una hora que no oía palabra de cuanto hablaba aquel charlatán, sin vergüenza, libertino. «¡Oh, si no fuera porque su marido todo lo consideraba inconveniencia y falta de educación! ¡Si no fuera porque estaban en la casa de Dios!... Estaba escandalizada, furiosa. ¡Bonito papel iban representando ella y el bobalicón de su marido! Le había hecho señas, pero inútilmente. Él pensaba que aludía a lo de la arquitectura y se hacía el distraído. ¿Y la doña Obdulita? No, y que parecía maestra en aquel teje maneje. No habían desperdiciado ni una sola ocasión. ¡Claro! y así les habían traído y llevado por desvanes y bodegas, muertos de cansancio. En cuanto estaba obscuro... ¡claro!... se daban la mano. Ella lo había visto una vez y supuesto las demás. Y él la pisaba el pie... y siempre juntos; y en cuanto había algo estrecho querían pasar a la una... y pasaban ¡qué desenfreno! ¿Pero de dónde le venía a su marido la amistad de aquella señorona?». Hasta celos sentía la noble lugareña. No hablaba ni palabra; y si Obdulia y Bermúdez hubieran estado menos preocupados con el Renacimiento, hubiesen notado el ceño y la sequedad de la antes amable y cortés señora de pueblo. Don Saturno reanudó su discurso. Se trataba de probar sus injuriosas afirmaciones.
—Véase si no—continuaba—lo que salta a los ojos, a los del alma quiero decir, de toda persona de gusto. ¡Malhaya el dignísimo Obispo, salvo el respeto debido, malhaya el dignísimo Obispo don García Madrejón que consintió este confuso acervo de adornos y follajes, quinta esencia de lo barroco, de la profusión manirrota y de la falsedad. Cartelas, medallas, hornacinas (y señalaba con el dedo), capiteles, frontones rotos, guirnaldas, colgadizos, hojarasca, arabescos, que pululáis por las decoraciones de puertas, ventanas, tragaluces y pechinas; en nombre del arte, de la santa idea de sobriedad y la no menos inmortal e inmaculada de armonía, yo os condeno a la maldición de la historia!
—Pues oiga usted—se atrevió a decir la Infanzón sin mirar a su esposo—; diga usted lo que quiera, esta capilla me parece a mí muy bonita; y me parece en cambio muy feo profanar el templo... ¡blasfemando así de Dios y sus santos!
Ea, se había cansado; quería dar la batalla al libertino y escogía, con un pudor evidente, el terreno neutral, del arte, puro y desinteresado. Además le gustaba de veras la capilla y no quería más contemplaciones.
El lugareño creyó que su mujer se había vuelto loca.
«Estaría mareada como él». Quiso hablar, pero no lo consiguió en cuanto quiso. Obdulia soltó al aire una carcajada, que oyó don Cayetano desde fuera. Don Saturno, cortado y sospechando algo del motivo de aquella inesperada oposición, se contentó con inclinarse a lo Magistral y torcer la boca y las cejas de una manera inventada por él mismo frente al espejo. Quería aquello decir que un Bermúdez no disputaba con señoras. Sólo contestó:
—Señora... yo no profano nada.... El Arte....
—¡Sí profana usted!—¡Pero mujer, pero Carolina!—¡Oh! déjela usted, señor Infanzón; yo respeto todas las opiniones.
Y temiendo que la lugareña llevase la mejor parte en lo de profanar o no profanar, se apresuró a añadir:
—Por lo demás, ya usted comprenderá, amigo mío, que yo sigo los cánones de la belleza clásica condenando enérgicamente el gusto barroco.... Esto es plateresco....