Barinaga se cubrió, dio una palmada en la copa del sombrero verde y extendiendo un brazo, mientras se tambaleaba en mitad del arroyo, gritó:—¡Ladrones! Sí, señor—dijo en voz más baja—, no retiro una sola palabra... ladrones; usted y su madre señor Provisor... ¡ladrones!

Barinaga hablaba con el letrero de la tienda, pero el Magistral sintió brasas en las mejillas, y antes que pudiera notar su presencia el vecino, se retiró del balcón y sin el menor ruido, poco a poco, entornó las vidrieras hasta no dejar más que un intersticio por donde ver y oír sin ser visto. Para mayor seguridad bajó la luz del quinqué y lo metió en la alcoba. Volvió al balcón, a espiar las palabras y los movimientos de aquel borracho a quien despreciaba todo el año y que aquella noche, sin que él supiera por qué, le asustaba y le irritaba. Otras veces, a la misma hora, le había sentido en la calle murmurar imprecaciones, mientras él velaba trabajando; pero nunca había querido levantarse para oír las necedades de aquel perdido. Bien sabía que les atribuía a él y a su madre la ruina del comercio de quincalla de que vivía; pero ¿quién hacía caso de un miserable, víctima del aguardiente?

Barinaga seguía diciendo:—Sí, señor Provisor, es usted un ladrón, y un simoniaco, como le llama a usted el señor Foja... que es un liberal... eso es, un liberal probado....

Y como «La Cruz Roja» no respondía, don Santos dirigiéndose a su propia sombra que se le iba subiendo a las barbas, según se acercaba a la puerta cerrada del comercio, tomándola por el mismísimo señor De Pas, le dijo:

—¡Señor obscurantista! ¡apaga luces!... usted ha arruinado a mi familia... usted me ha hecho a mí hereje... masón, sí, señor, ahora soy masón... por vengarme... por... ¡abajo la clerigalla!

Esto lo dijo bastante alto para que lo oyese el sereno, que daba vuelta a la esquina. El borracho sintió en los ojos la claridad viva y desvergonzada de un ángulo de luz que brotaba de la linterna de Pepe, su buen amigo.

El sereno, aquel Pepe, conoció a don Santos y se acercó sin acelerar el paso.

—Buenas noches, amigo; tú eres un hombre honrado... y te aprecio... pero este carcunda, este comehostias, este rapa-velas, este maldito tirano de la Iglesia, este Provisor... es un ladrón, y lo sostengo.... Toma un pitillo.

Tomó el pitillo Pepe, escondió la linterna, arrimó a la pared el chuzo y dijo con voz grave:

—Don Santos, ya es hora de acostarse; ¿quiere que abra la puerta?