—¡Ja, ja, ja!—venía a decir, con la garganta y las narices—... ¡Ya están dándole vueltas!... Allá dentro, bien os oigo, miserables, no os ocultéis... bien os oigo repartiros mi dinero, ladrones; ese oro es mío; esa plata es del cerero.... ¡Venga mi dinero, señora doña Paula... venga mi dinero, caballero De Pas, o somos caballeros o no... mi dinero es mío! ¿Digo, me parece? ¡Pues venga!
Volvió a callar y a aplicar el oído a la cerradura.
El Magistral abrió el balcón sin ruido y se inclinó sobre la barandilla para ver a don Santos.
—¿Oirá algo? Parece imposible....
Y volviendo la cabeza hacia el interior obscuro y silencioso de la casa escuchó también con atención profunda.... Sí, él oía algo... era el choque de las monedas, pero el ruido era confuso, podía conocerse sabiendo antes que estaban contando dinero... pero desde la calle no debía de oírse nada... era imposible.... Mas la idea de que la alucinación del borracho coincidiese con la realidad le disgustaba más todavía, le asustaba, con un miedo supersticioso....
—¡Esos miserables tienen ahí toda la moneda de la diócesis!... Y todo eso es mío y del cerero.... ¡Ladrones!... Caballero Magistral, entendámonos; usted predica una religión de paz... pues bien, ese dinero es mío....
Se irguió don Santos; volvió a descargar una palmada sobre el sombrero verde, y extendiendo una mano y dando un paso atrás, exclamó:
—Nada de violencias... ¡Ábrase a la justicia! ¡En nombre de la ley, abajo esa puerta!
—¡Señor don Santos, a la cama!—dijo el sereno, ya de vuelta—. No puedo consentir que usted siga escandalizando....
—Abra usted esa puerta, derríbela usted, señor Pepe. Usted representa la ley... pues bien... ahí están contando mi dinero.