Ni el Magistral ni la Regenta se acordaban del tiempo.
—Sí, tiene usted cien veces razón—decía ella—yo necesito una palabra de amistad y de consejo muchos días que siento ese desabrimiento que me arranca todas las ideas buenas y sólo me deja la tristeza y la desesperación....
—Oh, no, eso no, Anita; ¡la desesperación! ¡qué palabra!
—Ayer tarde, no puede usted figurarse cómo estaba yo.
—Muy aburrida, ¿verdad? ¿Las campanas?...
El Magistral sonrió...—No se ría usted: serán los nervios, como dice Quintanar, o lo que se quiera, pero yo estaba llena de un tedio horroroso, que debía ser un gran pecado... si yo lo pudiera remediar.
—No debe decirse así—interrumpió el Magistral, poniendo en la voz la mayor suavidad que pudo—. No sería un pecado ese tedio si se pudiera remediar, sería un pecado si no se quisiera remediar; pero a Dios gracias se quiere y se puede curar... y de eso se trata, amiga mía.
Anita, a quien las confesiones emborrachaban, cuando sabía que entendía su confidente todo, o casi todo lo que ella quería dar a entender, se decidió a decir al Magistral lo demás, lo que había venido detrás del hastío de aquella tarde.... No ocultó sino lo que ella tenía por causa puramente ocasional; no habló de don Álvaro ni del caballo blanco.
—Otras veces—decía—aquella sequedad se convierte en llanto, en ansia de sacrificio, en propósitos de abnegación... usted lo sabe; pero ayer, la exaltación tomó otro rumbo... yo no sé... no sé explicarlo bien... si lo digo como yo puedo hablar... al pie de la letra es pecado, es una rebelión, es horrible... pero tal como yo lo sentía no....
El Magistral oyó entonces lo que pasó por el alma de su amiga durante aquellas horas de revolución, que Ana reputaba ya célebres en la historia de su solitario espíritu. Aunque ella no explicaba con exactitud lo que había sentido y pensado, él lo entendía perfectamente.