«¡Ay, sí! aquello era el padre, la madre, el hermano, la fortaleza dulce de la caricia conocida, el amparo espiritual del amor casero; no, no estaba sola en el mundo, su Quintanar era suyo». Eterna fidelidad le juró callando, en el beso largo, intenso con que pagó los del marido. El bigote de don Víctor parecía una escoba mojada; con la humedad que traía de las marismas roció la frente de su esposa; pero ella no sintió repugnancia, y vio oro y plata en aquellos pelos tiesos que parecían un cepillo de yerbas hechas ceniza por la raíz y tostadas por las puntas. También don Víctor opinó que «aquello no sería nada», pero de todos modos, lamentó en el alma no haber venido en el tren de las cuatro y media.
—Ya lo ves, Crespo, si hubiera obedecido a aquella corazonada. Sí, señora—añadió dirigiéndose a Visita—que lo diga este, no sé por qué se me figuró que debía volver más temprano a casa....
—Oh, sí, de eso esté usted seguro. Hay presentimientos—gritó la del Banco, que se disponía a narrar tres o cuatro adivinaciones suyas.
—Pero este tuvo la culpa.... Frígilis encogió los hombros y tomó el pulso a la enferma, que le apretó la mano, perdonándoselo todo. La verdad era que don Víctor había querido volver temprano... para no perder el teatro. Pero esto no se podía decir. Frígilis, en silencio, tuvo una vez más ocasión de negar la existencia de los avisos sobrenaturales.—Se había destocado y su cabello espeso, de color montaraz, cortado por igual, parecía una mata, una muestra de las breñas. Cerraba los ojos grises y arrugaba el entrecejo; le enojaba la luz, tropezaba con los muebles, olía al monte; traía pegada al cuerpo la niebla de las marismas y parecía rodeado de la obscuridad y la frescura del campo. Tenía algo de la fiera que cae en la trampa, del murciélago que entra por su mal en vivienda humana llamado por la luz.... Y cerca de Ana nerviosa, aprensiva, febril, semejaba el símbolo de la salud queriendo contagiar con sus emanaciones a la enferma.
Cuando quedaron solos marido y mujer, después de conseguir, no sin trabajo, que Visita renunciara a sacrificarse quedándose a velar a su amiga, Ana volvió a solicitar los brazos del esposo y le dijo con voz en que temblaba el llanto:
—No te acuestes todavía, estoy muy asustadiza, te necesito, estáte aquí, por Dios, Quintanar....
—Sí, hija, sí, pues no faltaba más...—Y solícito, cariñoso le ceñía el embozo de las sábanas a la espalda sonrosada, de raso, que él no miraba siquiera. Pero la Regenta notó luego que su marido estaba preocupado.
—¿Qué tienes? ¿Tienes aprensión? Crees que estoy peor de lo que dicen... y quieres disimular....
—No, hija, no... por amor de Dios... no es eso....
—Sí, sí; te lo conozco yo; pues no temas, no; yo te aseguro que esto pasará; lo conozco yo; ya sabes cómo soy, parece que me amaga una enfermedad... y después no es nada.... Ahora, sí, estoy muy nerviosa, se me figura a lo mejor que me abandona el mundo, que me quedo sola, sola... y te necesito a ti... pero esto pasa, esto es nervioso....