Somoza llegó a las ocho.—¿Qué es? ¿qué tiene? ¿hay gravedad?
Don Víctor con las manos cruzadas, apretadas, convulso, preguntaba estas cosas delante de la enferma, que aunque aletargada, oía.
El médico no contestó. Recetó y salió al gabinete.
—¿Qué hay? ¿qué hay?—repetía allí Quintanar con voz trémula y muy bajo—... ¿Qué hay?
Don Robustiano le miró con desprecio, con odio y con indignación...
«¡Qué hay! ¡qué hay! eso pronto se pregunta»; don Robustiano no sabía lo que iba a hacer, pero parecía algo gordo por las señas; esto pensó, pero dijo:
—Hay... que andar en un pie, tener mucho cuidado, no dejarla en poder de criadas, ni de Visitación, que la aturde con su cháchara...; eso hay.
—Pero ¿es cosa grave, es cosa grave?
—Ps... es y no es. No, no es grave; la ciencia no puede decir que es grave... ni puede negarlo. Pero hijo, usted no entiende de esto.... ¿Se trata de una hepatitis? puede... tal vez hay gastroenteritis... tal vez... pero hay fenómenos reflejos que engañan....
—¿De modo que no son los nervios? ¿Ni la primavera médica?...