«¡Este era el estado del libre examen en Vetusta!» pensaba Guimarán con tristeza mezclada de orgullo.
En el billar tampoco querían teología racional. Don Pompeyo, más abandonado cada día, se colocaba taciturno, como Jeremías podría pararse en una plaza de Jerusalem, se colocaba, abierto de piernas, delante de la mesa pequeña, la de carambolas, y largo rato contemplaba a aquellos ilusos que pasaban las horas de la brevísima existencia, viendo chocar o no chocar tres bolas de marfil. Algunas veces tropezaba la maza de un taco con el abdomen de don Pompeyo.
—Usted dispense, señor Guimarán.
—Está usted dispensado, joven—respondía el pensador rascándose la barba con una ironía trágica, profunda, y sonriendo, mientras movía la cabeza dando a entender que estaba perdido el mundo.
Aburrido de tanta superficialidad subía al cuarto del crimen, a ver a los partidarios del azar. Allí oía el nombre de Dios a cada momento, pero en términos que no le parecían nada filosóficos.
—¡Don Pompeyo, tiene usted razón!—gritaba un perdido al despedirse de la última peseta—¡tiene usted razón, no hay Providencia!
—¡Joven, no sea usted majadero, y no confunda las cosas!
Y salía furioso del Casino. «No se podía ir allí».
Cuando estalló la Revolución de Septiembre, Guimarán tuvo esperanzas de que el librepensamiento tomase vuelo. Pero nada. ¡Todo era hablar mal del clero! Se creó una sociedad de filósofos... y resultó espiritista; el jefe era un estudiante madrileño que se divertía en volver locos a unos cuantos zapateros y sastres. Salió ganando la Iglesia, porque los infelices menestrales comenzaron a ver visiones y pidieron confesión a gritos, arrepintiéndose de sus errores con toda el alma. Y nada más: a eso se había reducido la revolución religiosa en Vetusta, como no se cuente a los que comían de carne en Viernes Santo.
Don Pompeyo no creía en Dios, pero creía en la Justicia. En figurándosela con J mayúscula, tomaba para él cierto aire de divinidad, y sin darse cuenta de ello, era idólatra de aquella palabra abstracta. Por la justicia se hubiera dejado hacer tajadas.