—Vengo a despedirme. Me voy a dar una vuelta por las provincias, después a los baños de Sobrón y a mediados de Agosto estaré de vuelta en Palomares, por no perder la costumbre.

—De modo que hasta Septiembre...—Hasta fines de Septiembre no nos veremos....

Don Álvaro hablaba alto, como si quisiera que le oyesen en toda la casa.

Don Víctor lamentó aquella ausencia. Suspiró. «Era un nuevo contratiempo, nuevo asunto de tristeza».

Notó don Álvaro que su amigo estaba menos decidor que antes, que se movía y gesticulaba menos.

—¿Ha estado usted malo?—¡Quiá! ¿quién? ¿yo? ¡ni pensarlo! Pues qué, ¿tengo mala cara? Dígame usted con franqueza... ¿tengo mala cara?... Pálido... ¿tal vez? ¿pálido?...

—No, no, nada de eso. Pero... se me figura que está usted menos alegre, preocupado... qué sé yo....

Don Víctor suspiró otra vez. Tras una pausa preguntó, con tono quejumbroso:

—¿Ha leído usted eso?—¿Qué es eso?—Kempis, la Imitación de Jesucristo...

—¿Cómo? ¡usted! ¿también usted?...