—A propósito, ¿no te ha contado Víctor lo de Álvaro?

Visita tenía cogida por las muñecas a su amiga. Estaba tomándola el pulso a su modo.

Clavó con sus ojos menudos los de Ana y repitió:

—¿No sabes lo de Álvaro?

El pulso se alteró, lo sintió ella con gran satisfacción. «A mí con santidades, pensó; pulvisés, como dijo el otro».

—¿Qué le pasa? ¿qué se ha marchado? Ya lo sé.

—No, no es eso.—¿Qué? ¿No se ha marchado?

Nueva alteración del pulso, según Visita.

—Sí, hija, sí, se ha marchado, pero verás cómo. Ya sabes que tenía relaciones con la señora de ese que es o fue ministro, no recuerdo, en fin ya sabes quién es, ese que viene a baños a Palomares.

—Sí, sí, bien...—Pues bueno; esta mañana, lo ha visto medio Vetusta, al ir Mesía a tomar el tren de Madrid, el correo, el que sube... ¿estás? se encontró con esa ministra, que es muy guapa por cierto, en medio del andén. ¡Figúrate! Total, que ella bajaba para Palomares, donde ha comprado una especie de chalet o demonios; bueno, pues, cátate que nuestro Alvarito, en vez de tomar el tren que subía, el de Madrid, toma el que baja, da órdenes a su criado, para que recoja corriendo el equipaje y se meta en el reservado que traía la ministra, un coche salón con cama y demás. Y el marido no venía, por supuesto; ella, dos criados y los bebés como dice Obdulia. ¡Figúrate! Todo Vetusta, que estaba en la estación esta mañana por casualidad, se ha hecho cruces. Es mucho Álvaro. ¿Pero ella? ¿qué te parece de ella? A eso vamos; a lo escandalosas que son esas señoronas de Madrid. Y eso que esta tiene fama de virtuosa, ¡uf! ¡yo lo creo!... La virtuosísima señora ministra de Gracia y salero... ¡pero, señor, cómo demonches se llama ese tipo de ministro!...