Petra se presentó en el mismo desorden de antes.

—¿Qué hay? ¿se ha puesto peor?

—No es eso, muchacha—contestó don Víctor.

«¡Qué desfachatez! Aquella joven ¿no consideraba que estaba casi desnuda?».

—Es que... es que... por si Anselmo se duerme y no oye la señal de don Tomás (Frígilis)... Como es tan bruto Anselmo.... Quiero que tú me llames si oyes los tres ladridos... ya sabes... don Tomás....

—Sí, ya sé. Descuide usted, señor. En cuanto ladre don Tomás iré a llamarle. ¿No hay más?—añadió la rubia azafranada, con ojos provocativos.

—Nada más. Y acuéstate, que estás muy a la ligera y hace mucho frío.

Ella fingió un rubor que estaba muy lejos de su ánimo y volvió la espalda no muy cubierta. Don Víctor levantó entonces los ojos y pudo apreciar que eran, en efecto, encantos los que no velaba bien aquella chica.

Se cerró la puerta del cuarto de Petra y don Víctor emprendió de nuevo su majestuosa marcha por los pasillos.

Pero antes de entrar en su cuarto se dijo: