—Hable usted con su papá—decía Guimarán por toda contestación—. Yo no hago más que cumplir su voluntad.
Celestina, desesperada, se acercó al lecho de su padre, lloró otra vez, de rodillas, con la cabeza hundida en el flaco jergón, mientras don Santos repetía con voz pausada, débil, que tenía una majestad especial, compuesta de dolor, locura, abyección y miseria:
—¡Mojigata, sal de mi presencia! Como hay Dios en los cielos, abomino de ti y de tu clerigalla.... Fuera todos.... Nadie me entre en la tienda, que no me dejarán un copón... ni una patena.... ¡Esa lámpara, seor bandido! y tú, hija de perdición, no ocultes debajo del mandil... eso... eso... ese sacramento.... ¡Fuera de aquí!...
—¡Padre, padre, por compasión... admita usted los santos sacramentos!...
—Me los han robado todos... y las lámparas... y tú los ayudas... eres cómplice.... ¡A la cárcel!
—Padre, señor, por compasión de su hija... los Sacramentos... tome usted... tome usted....
—No, no quiero... seamos razonables. Una partida de sacramentos... ¿para qué? Si la tomo... ahí se pudrirá en la tienda.... El Provisor les prohíbe comprar aquí... Ellos, los pobrecitos curas de aldea... ¿qué han de hacer?... ¡Infelices!... Le temen... le temen.... ¡Infame! ¡Infelices!
Y don Santos se incorporó como pudo, inclinó la cabeza sobre el pecho, y lloró en silencio.
Y repetía de tarde en tarde:—¡Infelices!... Celestina salió de la alcoba sollozando.
«Su padre había perdido la cabeza. Ya no podría confesar si no recobraba la razón... sólo por milagro de Dios».