—Es anti-clerical—dijo otro liberal probado.

—El tiro va contra el Provisor—manifestó un lampiño, de la policía secreta de Glocester.

Así pues, se convino que se rezaría y se rezó. Requiescat in pace, decía Parcerisa, que rezaba delante, con voz solemne, al terminar cada oración.

Y contestaban los de la fila, que llevaban hachas encendidas: Requiescat in pace.

Ni el latín ni la cera le gustaban a don Pompeyo, pero había que transigir.

«Todo aquello era una contradicción, pero Vetusta no estaba preparada para un verdadero entierro civil».

Las mujeres del pueblo, que cogían agua en las fuentes públicas, las ribeteadoras y costureras que paseaban por la calle del Comercio, y por el Boulevard, arrastrando por el lodo con perezosa marcha los pies mal calzados; las criadas que con la cesta al brazo iban a comprar la cena, se arremolinaban al pasar el entierro y por gran mayoría de votos condenaban el atrevimiento de enterrar «a un cristiano» (sinónimo de hombre) sin necesidad de curas. Algunas buenas mozas, mal pergeñadas, alababan la idea en voz alta.

Hubo una que gritó:—¡Así, que rabien los de la pitanza!

Esta imprudencia provocó otra del lado contrario.

—¡Anday, judíos!—exclamaba una moza del partido azotando con un zueco la espalda de muchos de sus conocidos, peones de albañil y canteros.