«Cuando Álvaro me lo contó todo, había dicho Visita, le pregunté, porque ya sabes que nos tratamos con mucha confianza, pues bien, le pregunté:

«Pero, chico, ¿cómo diablos dejaste a esa mujer siendo tan hermosa, influyente... y tan lista como dices? ¿Por qué no seguirla a Madrid?

Y Álvaro me contestó muy triste, ya sabes qué cara pone cuando habla así, me contestó:

«Pche... para amoríos basta el verano. El invierno es para el amor verdadero. Además, la ministra, como tú la llamas, a pesar de todos sus encantos no consiguió lo que yo quería... hacerme olvidar... lo que no te importa. Y después de suspirar como tú sabes que él suspira, añadió Álvaro: ¿Dejar a Vetusta? Ay, no, eso no.... Y chica, palabra de honor, le dio un temblorcico así como un escalofrío.... Ya ves, dijo luego, queriendo sonreír, me ofrecían un distrito, un distrito de cunero, sine cura admirable (sine cura, dijo)... apetitoso bocado... pero, ¡quiá!... yo estoy atado a una cadena... y la beso en vez de morderla. Y me apretó la mano, chica, y se fue yo creo que para que no le viera llorar».

Esto era lo más sustancial de las confidencias de Visita. Ana saludaba a diestro y siniestro, hablaba con muchos amigos, pero no pensaba más que en aquella confesión de don Álvaro. «De que era verosímil respondía el efecto que su presencia, la de Ana, había producido aquella noche en el Casino.... Ahora, ahora mismo, mientras se paseaba, llegaba a sus oídos el rumor dulce, más dulce que todos los rumores, de la alabanza contenida, de la admiración estupefacta... de la galantería sincera y discreta.... ¿Por qué don Álvaro no había de estar tan enamorado como la historia de Visita daba a entender?».

—Oye, tú—dijo la del Banco, volviéndose de repente a la Regenta—¿quién será esa cadena?

—¿Qué cadena?—preguntó con voz temblorosa Anita.

—Bah, la que sujeta a Mesía, la mujer que le tiene enamorado de veras. ¡Ah, infame! quien tal hizo que tal pague.... Pero ¿quién será?

—Qué... sé yo...—¿Te atreverías tú a preguntárselo?

—Dios me libre.—Debe de ser casada...—¡Jesús!—Mira, esta noche le voy a sentar junto a ti, a ver, si después de la cena se atreve a decírtelo.... Pregúntaselo tú misma....