—Ahora llama, contestaron. Entró la de Rianzares. Don Fermín le cortó el saludo en la boca.

—Ahora mismo hay que llamarla—dijo.

—¿A quién... a Ana?—Sí, ahora mismo. Don Fermín volvió a sus paseos. No quería conversación. La de Rianzares, sierva de aquel hombre, calló y entró en el gabinete.

Pasó media hora. Sonó la campanilla de la puerta. Ana vio al gran Constantino que abría.

—¿Qué pasa?—Don Fermín... ahí en la sala....

—¡Ah!... me alegro. Entró la Regenta y doña Petronila se fue hacia la cocina, al otro extremo de la casa. «Si llaman, que no estoy», dijo a la criada. Y pasó al oratorio que tenía cerca de su alcoba.

De Pas vio a la Regenta más hermosa que nunca: en los ojos traía fuego misterioso, en las mejillas el color del entusiasmo, de las conferencias íntimas, espirituales; una aureola de una gloria desconocida para él parecía rodear a aquella mujer que encerraba en el breve espacio de un contorno adorado todo lo que valía algo en la vida, el mundo entero, infinito, de la pasión única.

—¿Qué es esto?—dijo, ronco de repente, don Fermín, plantado, como con raíces, en medio de la sala.

—Lo que yo quería, que nos viéramos en seguida. Yo estoy loca, esta noche creí que me moría... ayer... hoy... no sé cuándo.... Estoy loca....

Se ahogaba al hablar. De Pas sintió una lástima que le pareció vergonzosa.