—Bailé con él.... Fue Quintanar... lo mandó Quintanar....

—¡Disculpas no, Ana! eso no es confesar.

Ana miró en torno.... Aquello no era la capilla, a Dios gracias. Este sofisma de hipócrita era en ella candoroso. Estaba segura de que un deber superior la mandaba mentir. «¿Decirle al Magistral que ella estaba enamorada de Mesía? ¡Primero a su marido!».

—Bailé con él porque quiso mi marido.... Me hicieron beber... me sentí mal... estaba mareada... me desmayé... y me llevaron a casa.

—¿El desmayo fue... en los brazos de ese hombre?

—¡En brazos!... ¡Fermín!

—Bien, bien.... Así... lo oí yo.... ¡Oigámoslo todos! Quiere decirse... bailando con él....

—Yo no recuerdo... tal vez...—¡Infame!...—¡Fermín... por Dios, Fermín!

Ana dio un paso atrás.—Silencio... no hay que gritar... no hay que hacer aspavientos... yo no como a nadie... ¿a qué ese miedo?... ¿Doy yo espanto, verdad?... ¿Por qué? yo... ¿qué puedo? yo ¿quién soy? yo... ¿qué mando? Mi poder es espiritual.... Y usted esta noche no creía en Dios....

—¡En mi Dios! Fermín, caridad....