El Magistral sentía en los oídos huracanes. Temía caerse. Pero estaba dispuesto a salir. También se juró negarse a leer la carta delante de su madre, aunque ella lo pidiera puesta en cruz. «Aquella carta era de él, de él solo». Llegó el coche. Una carretela vieja, desvencijada, tirada por un caballo negro y otro blanco, ambos desfallecidos de hambre y sucios.

Doña Paula, que había acompañado a su hijo hasta el portal, dijo con énfasis al cochero:

—A casa de don Pompeyo Guimarán... ya sabes....

—Sí, sí... Dobló el coche la esquina; don Fermín corrió un cristal y gritó:

—Despacio, al paso. Miró la carta de Ana. Rompió el sobre con dedos que temblaban y leyó aquellas letras de tinta rosada que saltaban y se confundían enganchadas unas con otras. Adivinó más que descifró los caracteres que se evaporaban ante su vista débil.

«Fermín: necesito ver a usted, quiero pedirle perdón y jurarle que soy digna de su cariñoso amparo; Dios ha querido iluminarme otra vez; la Virgen, estoy segura de ello, la Virgen quiere que yo le busque a usted, que le llame. Pensé en ir yo misma a su casa. Pero temo que sea indiscreción. Sin embargo, iré, a pesar de todo, si es verdad que está usted enfermo y que no puede salir. ¿Dónde le podré hablar? Estoy segura de que por caridad a lo menos no dejará sin respuesta mi carta. Y si la deja, allá voy. Su mejor amiga, su esclava, según ha jurado y sabrá cumplir.—ANA».

De Pas dejó de sentir sus dolores, no pensó siquiera en esto; miró al cielo, iba a obscurecer. Cogió con mano febril la blusa azul del cochero que volvió la cabeza.

—¿Qué hay señorito?

—A la Plaza Nueva... a la Rinconada....

—Sí, ya sé... pero ¿ahora?