Germán gritaba:—¡Orza!... ¡a babor, a estribor! ¡hombre al agua!... ¡un tiburón!...
Pero tampoco era aquello lo que quería Anita; quería marchar de veras, muy lejos, huyendo de doña Camila. La única ocasión en que Germán correspondió al tipo ideal que de su carácter y prendas se había forjado Anita, fue cuando aceptó la escapatoria nocturna para ver juntos la luna desde la barca y contarse cuentos. Este proyecto le pareció más viable que el de irse a Morería y se llevó a cabo. Ya se sabe cómo entendió la grosera y lasciva doña Camila la aventura de los niños. Era de tal índole la maldad de esta hembra, que daba por buenas las desazones que el lance pudiera causarle, por la responsabilidad que ella tenía, con tal de ver comprobados por los hechos sus pronósticos.
—«¡Como su madre!—decía a las personas de confianza—. ¡improper! ¡improper! ¡Si ya lo decía yo! El instinto... la sangre.... No basta la educación contra la naturaleza».
Desde entonces educó a la niña sin esperanzas de salvarla; como si cultivara una flor podrida ya por la mordedura de un gusano. No esperaba nada, pero cumplía su deber. Loreto era una aldea, y como doña Camila refería la aventura a quien la quisiera oír, llorando la infeliz, rendida bajo el peso de la responsabilidad (y ella poco podía contra la naturaleza), el escándalo corrió de boca en boca, y hasta en el casino se supo lo de aquella confesión a que se obligó a la reo. Se discutió el caso fisiológicamente. Se formaron partidos; unos decían que bien podía ser, y se citaban multitud de ejemplos de precocidad semejante.
—Créanlo ustedes—decía el amante de doña Camila—el hombre nace naturalmente malo, y la mujer lo mismo.
Otros negaban la verosimilitud del hecho cuando menos.
—«Si ponen ustedes eso en un libro nadie lo creerá».
Ana fue objeto de curiosidad general. Querían verla, desmenuzar sus gestos, sus movimientos para ver si se le conocía en algo.
—Lo que es desarrollada lo está y mucho para su edad...—decía el hombre de doña Camila, que saboreaba por adelantado la lujuria de lo porvenir.
—En efecto, parece una mujercita. Y se la devoraba con los ojos; se deseaba un milagroso crecimiento instantáneo de aquellos encantos que no estaban en la niña sino en la imaginación de los socios del casino.