—Sí señor—dijo el médico sonriendo y chupando su cigarro.

—¿De modo que usted opina que mi mujer está curada del todo?... ¿radicalmente?...

—Doña Ana, amigo mío, no estaba enferma; se lo he dicho a usted cien veces; lo que tenía se curaba sin más que cambiar de vida; pero no era enfermedad... por eso no puede decirse con exactitud que se ha curado... por lo demás... esa misma exaltación de la alegría, ese optimismo, ese olvido sistemático de sus antiguas aprensiones... no son más que el reverso de la misma medalla.

—¿Cómo? usted me asusta.

—Pues no hay por qué. Doña Ana es así; extremosa... viva... exaltada... necesita mucha actividad, algo que la estimule... necesita....

Benítez mascaba el cigarro y miraba a don Víctor, que abría mucho los ojos, con expresión misteriosa de lástima un poco burlesca.

—¿Qué necesita?—Eso... un estímulo fuerte, algo que le ocupe la atención con... fuerza...; una actividad... grande... en fin, eso... que es extremosa por temperamento.... Ayer era mística, estaba enamorada del cielo; ahora come bien, se pasea al aire libre entre árboles y flores... y tiene el amor de la vida alegre, de la naturaleza, la manía de la salud....

—Es verdad; no habla más que de la salud la pobrecita.

—¡Qué pobrecita! ¿Pobrecita por qué?

—¿Por qué? por esos extremos... por esos estímulos que necesita....