«No podía explicárselo, los celos, si así podían llamarse, le habían hecho hablar alto. Por lo demás, él despreciaba a la rubia lúbrica en el fondo del alma... y sólo en un momento de exaltación... de la mente, había podido...».
La tempestad ya estaba lejos... los árboles continuaban chorreando el agua de las nubes, pero el cielo empezaba a llenarse de azul.
Por decir algo, don Víctor dijo:
—Verá usted como esto repite a la noche.... Por allá abajo viene otro mal semblante... mire usted por entre aquellas ramas....
Vamos a bajar antes que vuelva el agua—advirtió De Pas, que hubiera querido estar cinco estados bajo tierra.
Los dos se tenían miedo.
Los dos bajaron silenciosos, pensando en la liga de Petra.
Antes de llegar a la huerta se encontraron con Pepe el casero que los llamó de lejos, entre los árboles.
—Don Víctor, don Víctor... eh, don Víctor... por aquí.
—¿Qué pasa? ¿Han parecido? ¿Alguna desgracia?