Mesía encogió los hombros.

Cuando Ana levantó la cabeza sonriendo a don Álvaro, este, sin verlo Quintanar, apuntó a la puerta sin mover más que los ojos.

Ana salió en seguida.—¡Gracias a Dios!—dijo su marido, respirando con fuerza—. Creí que no se marchaba hoy esa muchacha.

Ni siquiera recordaba que otras veces quien se marchaba era él.

—Ahora podremos hablar.—Usted dirá—respondió tranquilamente Álvaro, chupando su habano y tapándose la cara con el humo, según su costumbre de enturbiar el aire cuando le convenía.

«¿Qué tripa se le habrá roto a este?», pensó con un vago recelo, que no se explicaba siquiera.

Don Víctor acercó su silla a la del otro, y tomó el tono de las grandes revelaciones.

—Actualmente—dijo—todo me sonríe. Soy feliz en mi hogar, no entro ni salgo en la vida pública; ya no temo la invasión absorbente de la iglesia, cuya influencia deletérea... pero esa Petra me parece que me quiere dar un disgusto.

Movimiento de sobresalto en Mesía.

—Explíquese usted. ¿Ha vuelto usted a las andadas?