—Las nueve.... Dice que es cosa urgente.... Parece que viene asustada... le tiembla la voz....
El Magistral se puso del color de su madre, y en pie como por máquina:
—Que entre, que entre.... Doña Paula dio media vuelta y salió al pasillo. Antes acarició a su hijo con una mirada de compasión de madre.
—Entra... dijo a Petra que, toda de negro, esperaba, con la cabeza inclinada sobre el pecho.
Doña Paula quería comerse con los ojos el secreto de la criada. ¿Qué sería? Dudó un momento... estuvo casi resuelta a preguntar... pero se contuvo y dijo otra vez:
—Anda, hija mía, entra. «Hija mía—pensó Petra—esta me quiere en casa; segura es mi suerte».
—¿Qué hay?—gritó el Magistral acercándose a la criada, como queriendo salir al paso a las noticias....
Petra vio que estaban solos... y se echó a llorar.
Don Fermín hizo un gesto de impaciencia, que no vio Petra, porque tenía los ojos humillados. Había querido hablar el canónigo, pero no había podido; sentía en la garganta manos de hierro, y por el espinazo y las piernas sacudimientos y un temblor tenue, frío y constante.
—¡Pronto! ¿qué pasa?...—pudo preguntar al cabo.