—¡La imprudencia, la torpeza!—¡Eso! ¡Eso!—¡Pobre don Víctor!—Sí, pobre, y Dios le haya perdonado... pero él, merecido se lo tenía.
—Merecidísimo.—Miren ustedes que aquella amistad tan íntima....
—Era escandalosa.—Aquello era...—¡Nauseabundo! Esto lo dijo el Marqués de Vegallana, que tenía en la aldea todos sus hijos ilegítimos.
Obdulia asistía a tales conversaciones como a un triunfo de su fama. Ella no había dado nunca escándalos por el estilo. Toda Vetusta sabía quién era Obdulia... pero ella no había dado ningún escándalo.
Sí, sí, el escándalo era lo peor, aquel duelo funesto también era una complicación. Mesía había huido y vivía en Madrid.... Ya se hablaba de sus amores reanudados con la Ministra de Palomares.... Vetusta había perdido dos de sus personajes más importantes... por culpa de Ana y su torpeza.
Y se la castigó rompiendo con ella toda clase de relaciones. No fue a verla nadie. Ni siquiera el Marquesito, a quien se le había pasado por las mientes recoger aquella herencia de Mesía.
La fórmula de aquel rompimiento, de aquel cordón sanitario fue esta:
—¡Es necesario aislarla.... Nada, nada de trato con la hija de la bailarina italiana!
El honor de haber resucitado esta frase perteneció a la baronesa de la Barcaza.
Si Ripamilán hubiera podido salir de su casa, no hubiera respetado aquel acuerdo cruel del gran mundo. Pero el pobre don Cayetano había caído en su lecho para no levantarse. Allí vivió, siempre contento, dos años más.