—Bien, Ana, bien.... Me agrada que sea usted obediente....
Pero cuando se quedaban solos Benítez y Crespo, el doctor decía:
—No me gusta Ana...—Pues yo la veo muy tranquila a ratos....
—Sí, pues por eso... no me gusta. Hay que obligarla a distraerse.
Y Frígilis se propuso conseguir que se distrajera.
Y por eso la rogaba que saliese con él a paseo cuando llegó aquel Mayo risueño, seco, templado, sin nubes, pocas veces gozado en Vetusta.
Pero como no consiguió nada, como Anita le pedía con las manos en cruz que la dejasen en paz, tranquila en su caserón, Crespo resolvió divertir a su pobre amiga en su misma casa.
«¡Si él pudiera hacer que se aficionara a los árboles y a las flores!».
Por ensayar nada se perdía. Ensayó.
Ana, por complacerle, le escuchaba con los ojos fijos en él, sonriente, y bajaba al parque cuando se trataba de lecciones prácticas. Frígilis llegó a entusiasmarse, y una tarde contó la historia de su gran triunfo, la aclimatación del Eucaliptus globulus en la región vetustense.