—¿Si será por lo mismo que a mí me preocupa?

—¿Qué es?—Si esa chica...—Si aquella vergüenza...—¡Eso!—¿Te acuerdas de la carta del aya?

—Como que yo la conservo.—Tenía la chiquilla doce o catorce años, ¿verdad?

—Algo menos, pero peor todavía.

—Y tú crees... que...—¡Bah! Pues claro.—¿Si será una Obdulita?

—O una Tarsilita. ¿Te acuerdas de Tarsila que tuvo aquel lance con aquel cadete, y después con Alvarito Mesía no sé qué amoríos?

—Todo era inocencia—decían los bobalicones de aquí.

—Pues mira la inocencia; creo que en Madrid tiene así los amantes (juntando y separando los dedos.)

—Si es claro, si genio y figura...—Cuando falta una base firme... —¡Si sabrá una!...—¿Pues, Obdulita? Ya ves lo que se dijo el año pasado; después se negó, se aseguró que era una calumnia...—¡A mí, que soy tambor de marina!

—¡Si sabrá una!—¡Si una hubiera querido! Y suspiró esta señorita de Ozores. Suspiró su hermana también.