—¿Qué?—exclamó doña Anuncia, invitando a su sobrina con el tono áspero de aquel monosílabo a que no profiriese censura de ningún género contra la tertulia de su predilección.
—Cuando voy sola... me aburren demasiado aquellos caballeritos.
No era esto lo que quería decir. Bien lo comprendió su tía; pero quería más claridad y replicó:
—¡Aburren!¡Aburren! Explíquese usted, señorita. ¿Es que le parece poco fina la sociedad de Vetusta?
Por el usted y la ironía comprendió Ana que doña Anuncia se había disgustado.
—No es eso, tía; es que hay algunos... muy atrevidos.... No sé qué se figuran. Ustedes no quieren que yo sea obscura, seria, huraña....
—Claro que no...—Pues que no sean ellos atrevidos. Si Obdulia les consiente ciertas cosas... yo no quiero, yo no quiero.
—Ni yo quiero tampoco que tú te compares con Obdulia. Ella es... una cualquier cosa, que no sé cómo la admiten en la tertulia; y por darse tono, por decir que es íntima de la marquesa y de sus hijas, pasa por todo. Tú eres de la clase.
—Es que no sólo Obdulia es la que tolera... lo que yo no quiero tolerar. Las mismas Emma, Pilar y Lola consienten confianzas....
—¡No me toques a las hijas del marqués!—gritó la tía, poniéndose en pie y dejando caer el Werther sobre la raída alfombra.