Y continuó:—«Esa será una de las primeras».
Más de una hora fue viendo aquella nube de polvo que parecía de luz y en medio los ojos de la sobrina.
La sobrina también llevó a casa la imagen de don Álvaro entre ceja y ceja.
Y pensaba:—«Ese era de los menos malos. Parecía más distinguido; y no era pesado; tenía cierta dignidad... era comedido... frío con elegancia... el menos tonto sin duda».
El pesimismo la hizo repetir muchos días seguidos:
—«Se ha ido el menos tonto».
Pero al mes ya no se acordaba de don Álvaro; ni don Álvaro de Ana en cuanto llegó a Madrid.—«¡Oh! el convento, el convento; ese era su recurso más natural y decoroso. El convento o el americano».
El confesor de Anita, Ripamilán, oyó la proposición de la joven como quien oye llover.
—¡Ta, ta, ta, ta!—dijo en voz alta sin pensar que estaba en la iglesia—. Hija mía, las esposas de Jesús no se hacen de tu maderita. Haz feliz a un cristiano, que bien puedes, y déjate de vocaciones improvisadas. La culpa la tiene el romanticismo con sus dramas escandalosos de monjitas que se escapan en brazos de trovadores con plumero y capitanes de forajidos. Has de saber, Anita mía, que yo tengo para ti un novio, paisano mío. Vuélvete a casa, que allá iré yo y te hablaré del asunto. Aquí sería una profanación.
El candidato de Ripamilán era un magistrado, natural de Zaragoza, joven para oidor y algo maduro, aunque no mucho, para novio. Tenía entonces la señorita doña Ana Ozores diez y nueve años y el señor don Víctor Quintanar pasaba de los cuarenta. Pero estaba muy bien conservado. Ana suplicó a don Cayetano que nada dijese a sus tías de aquella proporción, hasta que ella tratase algún tiempo a Quintanar; porque si doña Anuncia sabía algo, impondría al novio sin más examen.