—Eso quiero; saber en qué puedo yo servir a ustedes a quien tanto debo.
—Todo.—Sí, todo, querida tía.
—Como supongo—prosiguió doña Anuncia—que ya no te acordarás siquiera de aquella locura del monjío....
—No señora...—En ese caso—interrumpió doña Águeda—como no querrás quedarte sola en el mundo el día que nosotras faltemos....
—Ni tendrás ningún amorcillo oculto, que sería indecente....
—Y como nosotras no podemos más....
—Y como es tu deber aceptar la felicidad que se te ofrece....
—Te morirás de gusto cuando sepas que don Frutos Redondo, el más rico del Espolón, ha pedido hoy mismo tu mano.
Ana, contra el expreso mandato de sus tías, no se murió de gusto. Calló; no se atrevía a dar una negativa categórica.
Pero doña Anuncia no necesitó más para dar rienda suelta al basilisco que llevaba dentro de sus entrañas. Su sombra en las sombras de la pared, parecía ahora la de una bruja gigantesca; otras veces, multiplicándose por los saltos de la llama y por los saltos y contorsiones de la vieja, figuraba todo el infierno desencadenado; había momentos en que la sombra de la señorita de Ozores tenía tres cabezas en la pared y tres o cuatro en el techo, y se diría que de todas ellas salían gritos y alaridos, según lo que vociferaba doña Anuncia sola.