Los señores del margen, los de la Audiencia, eran la segunda aristocracia en Vetusta, aunque no figuraban tanto como en otros días.

La justicia era respetada con un terror supersticioso heredado de muchos siglos. Los más soliviantados liberales de Vetusta que hablaban de anarquía y de quemarlo todo, temblaban ante la voz de un ujier de la Sala de lo Criminal que gritaba porque un testigo cruzaba las piernas:

—¡Guarden ceremonia! La aristocracia, la primera, opinó que Anita hacía una boda loca.

La hizo. Don Frutos se volvió a Matanzas, prometiendo volver vengado, es decir, con muchos más millones. Cumplió su promesa.

Pasó un mes, y Ana Ozores de Quintanar, con su caballeresco esposo salía por la carretera de Castilla en la berlina de aquella diligencia en que había visto marchar a don Álvaro Mesía por el mismo camino.

Toda Vetusta fue a despedirlos; la nobleza y la clase media. Frígilis tenía lágrimas en los ojos.

—En cuanto puedan ustedes dar la vuelta... hay que darla—decía con un pie en el estribo y la cabeza dentro del coche—. Será usted la Regenta de Vetusta, Anita.

—No lo permite la ley, por causa de las tías—contestaba don Víctor.

—¡Bah, bah! Ya se arreglaría eso.... Será usted la Regenta.

Don Cayetano quiso también subir al estribo, pero no pudo.