Joaquinito miró a su papá como pidiendo auxilio.
El señor Orgaz se atrevió a murmurar:
—Hombre, eso de exigir...—Sí, señor; exigir. ¡Y hago la cuestión personal!
—Pero ¿qué es lo que usted exige?—preguntó el muchacho agotando su valor en este rasgo de energía.
—Exijo lo que tengo derecho a exigir, eso es; y repito que hago la cuestión personal.
—¿Pero qué cuestión?
—¡Esa! Joaquinito volvió a encogerse de hombros, pálido como un muerto. Comprendió que el tener razón era allí lo de menos. A Ronzal ya le echaban chispas los ojos montaraces. Se había embrollado y esto era lo que más le irritaba siempre, perder el discurso a lo mejor.
—¡Sí, señor, esa cuestión; y quiero que se hable claro!
Ni él mismo sabía lo que exigía.
Foja se encargó de poner las cosas claras.