Marta, sin motivo legítimo, estaba contrariada, y había puesto el gesto de vinagre que a veces se le asomaba al rostro sin saberlo ella, y la hacía más vieja y más fea; gesto que particularmente se le descubría cuando envidiaba algo, cuando se sentía deslumbrada. Veía en el bautizo el eclipse de su boda.
—A mí—dijo—, Antoñito no me recuerda ni el tipo Valcárcel, ni el tipo Reyes. Parece extranjero. Chica, tú has soñado con algún príncipe ruso.
Las de Ferraz, que ya estaban allí, rieron la gracia, fingiendo no encontrarle malicia.
Los demás callaron, sorprendidos ante la audacia.
Emma no vio el epigrama; Bonis tampoco.
Bonis vio que se seguía hablando de los Valcárcel, de si el niño se parecería a su abuelo, si sería abogado, si sería jugador, como tantos otros de su familia; se amontonaban los recuerdos del linaje, buenos y malos. Nadie se acordaba de los Reyes pretéritos para nada.
Antonio seguía llorando, y a Bonifacio le faltaba poco.
«¡Su padre! ¡Su madre! ¡Si vivieran! ¡Si estuvieran allí!».
Bonis, en cuanto pudo, huyó del ruido. Dejó a los demás, ya que les divertían, todas las solemnidades y quehaceres propios del caso. Mientras el niño dormía y no se le permitía verle, y Emma, ya menos nerviosa, pero más fatigada, con un poco de calentura, volvía a su antiguo despego y lo echaba de su presencia en no necesitándole, Bonifacio se recogía a la soledad de su alcoba, y en idea contemplaba al hijo.
—¡Sí, hijo, sí!—se decía con el rostro hundido en la almohada—. Hijo tenía que ser. Me lo decía la voz de Dios. Hijo. Mi único hijo....