D. Juan Nepomuceno miró, sin contestar, a su afín. ¡Mil reales! Aquel mentecato se había vuelto loco.

—Sí, señor, mil reales; y no hace falta que mi mujer sepa nada; yo se los devolveré a usted mañana mismo; se trata de sacar de un apuro a un amigo de la infancia... paga segura....

—Amigo de la infancia... paga segura.... No lo entiendo.

Esto fue todo lo que dijo el tío administrador. ¿Cómo un amigo de la infancia de aquel pelagatos podía ser paga segura? Esto quería dar a entender, y Bonifacio, comprendiéndolo, rectificó:

—De la infancia... precisamente... no... es uno de los amigos de la viuda de Cascos....

Y se puso otra vez muy colorado.

D. Juan clavó una mirada puntiaguda en los ojos claros... y turbados de su afín; adivinó algo, echó sus cuentas en un segundo, y, tomando dos montones de plata, se los puso entre los dedos al pasmado Reyes, sin decir más que:

—Tome usted; son mil justos.

—Bueno, gracias. Mañana mismo....

—Eso... allá usted.