Al entrar en la sacristía, en una capilla lateral, sumida en la sombra, vio una mujer sentada sobre la tarima, con la cabeza apoyada en el altar de relieve churrigueresco.
—¡Serafina!
—¡Bonifacio!
—¿Qué haces aquí?
—¿Qué he de hacer? Rezar. Y tú, ¿a qué vienes?
—Vengo a inscribir a mi hijo, que acaba de bautizarse, en el libro bautismal.
Serafina se puso en pie. Sonrió de un modo que asustó a Bonis, porque nunca había visto en su amiga el gesto de crueldad, de malicia fría, que acompañó a tal sonrisa.
—Conque... ¿tu hijo?... ¡Bah!
—¿Qué tienes, Serafina? ¿Cómo estás aquí?
—Estoy aquí... por no estar en casa; por huir del amo de la posada. Estoy aquí... porque me voy haciendo beata. No es broma. O rezar, o.... una caja de fósforos. ¿Sabes? Mochi no vuelve. ¿Sabes? ¡He perdido la voz! Sí; perdida por completo. El día que te escribí...; y que no me contestaste; ya sabes, cuando te pedía aquellos reales para pagar la fonda.... Bueno; pues aquel día... aquella noche... como había ofrecido pagar, y no pagué... porque no contestaste..., tuve una batalla de improperios con D. Carlos... ¡el infame!...