—Uno—advirtió Bonis, luciendo sus conocimientos clásicos—, que robó el fuego a los dioses.
—Eso es—afirmó el médico, que no conocía de la biografía de Proteo más datos que los conducentes a su cita—. El histerismo—añadió—, como Proteo, toma infinidad de formas.
—¡Ah, sí!—interrumpió con ingenuidad Bonis—. Dispense usted, D. Basilio; el que robó el fuego a los dioses fue otro, fue Prometeo.... Me había equivocado.
El doctor se puso un poco encendido y disimuló con un ziszás entre ceja y ceja su enojo, doble por lo de haberle llamado D. Basilio y haberle hecho enseñar la punta de la oreja de su descuidada educación en materia de antigüedades.
«¡Qué animal es este calzonazos!» pensó, y siguió:
—Es necesario que vayamos a la raíz del mal. El mal está dentro, en lo que llamamos el espíritu, porque advierto a ustedes (y esto lo dijo volviéndose a Bonis, para deslumbrarle y vengarse) que soy vitalista, y no sólo vitalista, sino espiritualista, aunque no es esa la moda reinante.
No le cogía a Reyes tan de nuevas la cuestión como creía el otro. Justamente él, en los ratos que dejaba la flauta y no podía ver a Serafina, y su mujer no le necesitaba, y, sobre todo, en la cama, antes de dormirse, consagraba no poco tiempo a meditar sobre el gran problema de lo que seremos por dentro, por dentro del todo; y tenía acerca de la realidad del alma ideas muy arriesgadas y que creía muy originales. También era él espiritualista, ¡ya lo creo!, ¡a buena parte!...
—El mal está en el espíritu, y el espíritu no se cura con pócimas—prosiguió D. Basilio.
—¿Pero no dice usted que esto es histérico?—pregunto Emma sonriendo.
—Sí, señora; pero hay relaciones misteriosas entre el alma y el cuerpo, y yo no soy de los que dicen (volviéndose otra vez a Bonis) post hoc, ergo propter hoc.