—Ciertamente—dijo Bonis encantado.
Y refirió a su modo la fábula de Orfeo, que a Emma la cogía de nuevas completamente, y le pareció muy interesante.
—A propósito de piano... aunque ya está viejo el alcacer para zampoñas, yo quisiera saber teclear, así... un poco... aunque no fuera más que tocar con un dedo las óperas esas que tú tocas en la flauta.
A Bonis le pareció muy laudable el propósito. Volvió a pensar, aunque sin esperanza, en lo de «la música las fieras domestica», y dijo:
—Pues mira, si te decides, Minghetti, el barítono, es un excelente profesor....
Emma, encendida, no pudo menos de ponerse en pie, y sin pensar en contenerse, comenzó a batir palmas.
—¡Oh, sí, sí; sublime, sublime; qué idea!, el barítono... y le pagaremos bien; será una obra de caridad. Pero ¡qué lástima! ¿Se marchará pronto?
—¡Oh!, eso... según las circunstancias... si renuevan el abono, si recomponen el cuarteto... si se les ayuda....
—¡Vaya si se les ayudará! ¿Verdad, tío?
El tío volvió a inclinar la cabeza. ¡La de planes que tenía dentro de ella! Los ojos le brillaban, fijos en el mantel, hablando con su fijeza de cien ideas que no explicaban, pero que revelaban como presentes.