—Mire usted—decía el tío a Marta (pues el tú lo dejaba para después de la boda)—; es una mujer que no tiene idea clara de lo que significa el tanto por ciento, y cuando le hablan de un interés muy subido, le suena lo mismo que si le hablan de un interés despreciable; para ella no hay más que el dinero que le den por lo pronto; parece así... como que se figura que roba a los usureros, a quienes toma dinero al sabe Dios cuántos. Para aliviar estos males, he llegado yo mismo a ser el único judío para mi sobrina; yo soy, yo, quien, sin saberlo ella, porque ni lo pregunta, le facilito cantidades a un módico interés.
Marta oía a Nepo con más placer que si le fuera recitando la primavera temprana de Goëthe.
—¿De modo... que ellos van a arruinarse?
—Sí; ya no tiene remedio.
—La culpa es suya.
—Suya.... Empezó él... siguió ella... después los dos...; después todo el mundo.... Usted lo ha visto: aquella casa es un hospicio; los cómicos nos han comido un mayorazgo..., y como la fábrica va mal....
—¡Oh!, pero eso no hay que decirlo por ahí...
—No; es claro....
—Papá espera levantar el negocio; sus corresponsales le ofrecen mercados nuevos, salidas seguras....
—Sí, sí; es claro..., pero ya será tarde para los de Reyes; nuestro esfuerzo, el que haremos con nuestro propio capital.... Marta, con el nuestro, ¿entiende usted?, sacará la fábrica a flote...; pero ya será tarde para ellos. Nuestro porvenir está en la pólvora....