Magias tenebrosas, importadas por órdenes como la del Temple, en cuyo exterminio tanto influyó el miedo; pestes atroces, de procedencia igualmente oriental; la alquimia cuyos prestigios confinaban con la brujería; el peligro enorme que implicaba el dominio de España y del Mediterráneo por fuerzas asiáticas; las leyendas de leprosos siniestros, que atravesaban la Europa con mensajes de inteligencia entre los sarracenos de Asia y los de España, para una acción conjunta de la cual era sagaz avanzada el comercio judío; la astronomía convertida en un simbolismo aterrador—todas estas circunstancias dieron á la superstición un vuelo inmenso.
Es un hecho averiguado ya, que los Cruzados sufrieron su contagio oriental, mucho más definido por cierto en España, donde el contacto no fué ocasional y meramente guerrero, sino habitual durante ocho siglos: otra circunstancia que acentúa los caracteres del aventurero español. Aquel contagio, no hizo sino avivar en el ánimo del paladín los rasgos fundamentales, puesto que provenía también de una civilización aventurera. Armas civilizadas, éste no las tenía para luchar con el terror que torturaba su espíritu. Toda su ciencia se reducía al blasón, la cetrería y las armas; la filosofía era una especialidad del monasterio; el arte una tarea de villanos y de vagabundos. No le quedaba, entonces, otro refugio espiritual que la fe. En ella se exaltó su bravura y se robusteció su superstición, puesto que era una fe ignorante; y de ella resultó otro rasgo también saliente de su carácter: la tenacidad.
Intrépido, no tenía en ello escasa parte su ignorancia, pues lo cierto es que en fuerza de creer pequeño al mundo, los descubridores se arriesgaron á la empresa que lo agrandó.
El orgullo de raza, despertado por las victorias sobre el infiel, agregaba otro motivo á la bravura; y tal conjunto de cualidades y defectos, entre los que sobresalían el coraje y la superstición, dieron igual fondo imperioso á su carácter y á su ideal. Éste era en lo cercano la fama y en lo remoto la religión, es decir dos pasiones. De aquí la intolerancia dominadora y la ausencia completa de espíritu práctico.
Idealista, la empresa que acomete no le interesa, sino porque puede darle timbres de honor; supersticioso, tiene el alma predispuesta á la fantasía de las tierras encantadas; bravo, la empresa más difícil le parece poco para ilustrar su nombradía; ignorante, carece de los puntos de comparación que podrían arredrarle, demostrando lo excesivo del esfuerzo.
Las grandes expediciones, sin consecuencia hasta hoy, ni aun á título de dato geográfico, cual la de aquellos temerarios aventureros que se cruzaron la América desde Quito á la boca del Amazonas; las exploraciones quiméricas en busca del clásico Eldorado, ó de las inhallables ciudades de los Césares,[5] revelan en el conquistador, de una manera concluyente, al paladín medioeval. Eran las Hircanias y Guirafontainas de Amadises y Gaiferos.[6]
Esa aventura de la conquista fué una prolongación, por otra parte, del estado militar en que dejó á España la guerra con el moro, sirviéndole á la vez de estímulo, en contraposición al interés civil y al progreso, afectados por el militarismo exclusivo. Después de todo, el Descubrimiento había sido una consecuencia de esa situación.
Cerrado, ó estorbado á lo menos, el acceso del Mediterráneo por la amenaza turca, la piratería trasladó al Atlántico su campo de acción, familiarizándose con la alta mar; y buscando por ella una senda de travesía, para evitar la obstruida ruta de las Indias, se dió con el Nuevo Mundo. Así, el tipo del paladín y el acto del Descubrimiento, fueron natural consecuencia de un estado social y político, no una excelencia de raza ni una invención genial. El prestigio del aventurero reside en lo pintoresco, tanto más acentuado cuanto es más discorde con su tiempo; y el mérito de la empresa estriba puramente en su audacia; pero tanto el hombre como la acción, son dos accidentes históricos, sin ninguna importancia intrínseca excepcional.