Los semitas, excluidos de esas tres profesiones honoríficas, buscaron en el trabajo de la tierra y en el comercio, que por único recurso les quedaban, fructuosa compensación; y la necesidad dominó su indolencia oriental. Los judíos compraban la recaudación de las rentas y tributos reales, volviéndose doblemente odiosos al asumir este carácter fiscal, que era lo más aborrecido por un pueblo á quien las exacciones agobiaban; y para colmo sus hijas, á costa de crecidas dotes, enlazábanse con nobles tronados, según lo refiere el ya conocido Tizón de la nobleza de Castilla, iniciando esa conquista comercial del título, tan detestada en todos los tiempos y en todos tan eficaz.

El contraste alarmó bien pronto á los invadidos. La soberbia de raza no pudo tolerar aquellas fortunas. La religión atizó el descontento con su odio tradicional, y la expulsión, otra consecuencia absolutista, dió á España la unidad de la miseria, que por cierto no había buscado. España desapareció como país productor, y sobre el erial que diariamente aumentaba, en aquella lucha por la esterilidad, consecuencia de un ideal estéril, imperó como señor natural el hidalgo haragán y soberbio, para quien el tiempo fué arena que dejaba escurrirse al desgaire entre sus dedos, mientras mascullaba, susurrando coplas, el mondadientes simulador de meriendas; flotante en la altivez de su ojo arábigo un ensueño de Américas dilapidadas; su sangre hirviendo con la sed de fiestas crueles; su corazón arponeado por amores morenos; gran rodador de escudos, botarate magnífico, tan capaz de un heroísmo como de una estafa; místico bajo la cota, guerrero bajo la cogulla, y pronto siempre á tapar el cielo con el harnero de su capa familiar.

Nadie sintió el estrago, mientras duraron las empresas militares y la embriaguez de victoria que produjeron. Todo parecía conjurarse para realizar el ensueño de riqueza mágica, en las pintorescas regiones donde vestía de oro á su dueño la desnudez de la espada. Pero al producirse la contracorriente conquistadora, en los comienzos del reinado de Felipe II, comenzó el fracaso. La conquista no dió abasto ya para la satisfacción del ideal nacional. Cubiertos de heridas sin gloria por anónimas saetas de bárbaros; con un culto tal del coraje, que las milicias castellanas consideraban cobardía el atrincherarse; curtidos por su desamparo solar de ascios, que habían carecido hasta de su propia sombra; más bravíos, si cabe, al contacto de la breña virgen; orgullosos de haber sobrellevado peligros que semejaban fantasías de leyenda, volvían á arrastrar su fastidio en el suelo natal asaz estrecho.

Los pobres, se habían endurecido demasiado para doblegarse al yugo del trabajo, en su intimidad con los fierros de pelea; los ricos, se apresuraban á vaciar la escarcela en la carpeta. El desprecio del oro conseguido en la guerra, que no era sino una indirecta ostentación de valor, engendraba el desdén hacia toda aplicación productiva. Por nada de este mundo habría degenerado el héroe en comerciante ó en labrador. Acabada la fortuna, lo que acontecía en un tiempo harto breve, si estaba aún vigoroso volvía al teatro de sus hazañas; si viejo, se moría tranquilamente de hambre en su nostalgia de aventuras ultramarinas, ó se metía asceta, para liquidar en la atrición sus cuentas de sangre y de saqueo, pero sin que la reacción fuera jamás hacia el trabajo, penuria de siervos y de gañanes.

El raudal de sangre pura que atravesó el Océano, tornaba viciado por gérmenes de disolución, mucho más activos á causa del trasplante; y aquella diseminación de aventureros, corrompidos por esa atroz libertad de instintos que fué la conquista en el Nuevo Mundo, causó tanto daño á la Península como la invasión gitana, y el azote de las plagas inmundas con las cuales fué sincrónica.

La decadencia industrial de España asumió los caracteres de un derrumbe, tan brusco cual lo fué el abandono en pos del ideal conquistador. Cesaron las exportaciones de tejidos en lana y seda, de cerámica[12] y otros artículos, que durante la época arábiga iniciaron transacciones con Sicilia y Cerdeña, adquiriendo mayor importancia en los mercados flamencos y alemanes. La química industrial, aplicada á explotaciones como la del oleum magistrale y la potasa que surtían á Inglaterra, desapareció con los restos de la cultura morisca. El desierto y el bosque avanzaron sobre huertas y sembradíos; y no parece sino que una intención simbólica, bautizó al monumento clásico de la monarquía con el nombre del escorial.

El fanatismo religioso que precipitó la despoblación, y los impuestos excesivos, contribuyeron á matar el progreso español, presentándose como consecuencias del absolutismo. La importancia comercial de España había sido tan grande, que las naciones tenían adoptado por código marítimo internacional el Llibre del Consulat de Mar, promulgado en Cataluña, aceptando además como meridiano inicial el de las Azores. La absorción militar de esos centros parciales de cultura, anuló el progreso que habría sobrevenido, al incorporarse todos ellos en la nacionalidad común, viniendo á ser la unidad un azote para la Península; por otra parte, la conquista, al emplearse en ella lo más selecto de la población, arrastró á América los mejores industriales, y de consiguiente su industria, explicando esto cómo Méjico tuvo canales dos siglos antes que Inglaterra, y telares de seda en 1543; y cómo en tiempo del viaje de Humboldt se fabricaba pianos en Durango, mientras en España no había ya quien los hiciera.

La concentración de productos brutos que iban de América en cantidades inmensas, limitó la especulación comercial á un intercambio de materia prima y manufacturas extranjeras, prolongando el régimen medioeval de las transacciones en especies, al paso que toda la Europa salía completamente de él.

Bálsamos, maderas, alimentos tan preciados como el azúcar, plumas, pedrerías, pastas preciosas, artículos de fantasía que la riqueza extranjera pagaba sin regateos, llevaron á España el oro del mundo; improvisáronse fortunas colosales, los precios subieron hasta lo fabuloso. El rezago aventurero de la Edad Media que acababa, buscó aquel centro natural de reunión, agregando á la conquista su turbia gloria los mercenarios de toda la Europa, desde el lansquenete con su táctica famosa, hasta el griego insular con sus clásicas piraterías.[13]